Argentina transita una tragedia social. La política es la principal responsable de esta tragedia
Argentina transita una tragedia social. La política es la principal responsable de esta tragedia. Aquella Argentina clase media quedó desdibujada ante una Argentina desguazada. Desde el saqueo humano y material que produjo la última dictadura, nadie procuró en serio trabajar por una Argentina serena y equilibrada. Demasiados saqueos, tentadores para pensar en los más desguarnecidos. El poder se latinoamericanizó. Pocos ricos y muchos pobres.
La corrupción no fue sólo de la dirigencia política. Para corromper siempre hacen falta dos. Este tango maldito se viralizó y todos lo quisieron bailar. Algunos, con desembozo. Otros, en la intimidad. Así llegamos al 32,2% de personas condenadas sólo a respirar, no vivir. Dice monseñor Jorge Lozano que leer sólo este número y no relacionarlo con los 150 mil millones de dólares, o tal vez 300 mil millones de dólares, de argentinos que están en el exterior es equivocar el análisis. Aquí también la ley de la frazada corta funciona inexorablemente. Si pocos tienen mucho, muchos tienen poco. La pobreza del otro fue naturalizada porque en ese acto estaba la riqueza del naturalizador. Esto último se llama inequidad social y sólo los gobiernos pueden señalar el camino de su eliminación.
En Argentina, los dos principales partidos políticos de extracción nacional y popular deberían peregrinar de rodillas a la virgen de Luján, patrona de la patria, pidiendo perdón a la gente y los fundadores de sus respectivas ideologías. Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón deben preguntarse desde el más allá qué pasó con sus discípulos. Sus herederos no sólo dilapidaron los logros, sino que en sus nombres manosean lo más sagrado que ambos partidos procuraron: honestidad, ascenso social, institucionalidad, y el apego al servicio a los demás que significa la práctica política.
El radicalismo desde hace tiempo subsiste a través de expresiones políticas menores. Brinda su estructura nacional o provincial a quienes le prometen cargos o bancas. Un ejemplo de ello ocurre con el socialismo en Santa Fe y con el macrismo a nivel nacional. Estos dos ejemplos son experiencias exitosas para ese fin.
El peronismo aquel de la justicia social fue absolutamente desvirtuado. Primero, el presidente Carlos Menem arrasó con las empresas del Estado al no reconvertirlas, con lo que inauguró una etapa de generaciones de desocupados. Hoy tenemos desde abuelos hasta sus nietos que ignoran lo qué es vivir de su propio esfuerzo. En esta etapa política comenzó la saga del "roban pero hacen". Luego, el kirchnerismo, que primero cubrió con institucionalidad (nueva Corte Suprema) y con notables como el doctor Roberto Lavagna y Aldo Pignanelli, en Economía, el camino de desandar la pobreza haciendo de la generación de empleo y del control de la inflación su principal razón de hacer política. Ya el doctor Eduardo Duhalde había comenzado con lo que en síntesis sintió la población con sus políticas: poner plata en el bolsillo de la gente. Algo que hoy se extraña.
Pero la obscena corrupción pudo más. El doctor Lavagna y su equipo, en ese intento de gestar un país distinto, abandonaron el Gobierno, más temprano que tarde, por la cartelización de la corrupción. Sin estos actores en el Gobierno, desembozadamente el robo fue la columna vertebral de las políticas aplicadas.
También es cierto que hubo un consentimiento democrático para tal fin. Cuando Cristina Fernández de Kirchner triunfó, en el 2011, con el 54% de los votos, nadie reparó ni a nadie le importaron la pobreza estructural y la corrupción estructural. El bolsillo de la mayoría fue cómplice al votar.
Hoy, el presidente Mauricio Macri ha dicho: "La verdad está sobre la mesa". Verdad que para muchos ya era conocida. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) vuelve a presentar datos reales. Este paso es histórico para la nueva generación de dirigentes políticos. Es un ejemplo a seguir. Ahora hace falta que el Presidente, quien también contribuyó en estos meses al aumento inadmisible de la pobreza, reaccione políticamente. Monseñor Bergoglio dijo, en Aparecida, allá por el 2007: "A los pobres se los esconde debajo de la alfombra". El Presidente tuvo la valentía de levantar la alfombra, pero debe atreverse al diálogo social. Más lo demora, más se aleja de las soluciones. Debería, sin ponerse colorado, abrazar con igual entusiasmo el producido en el mini Davos como la política de "la pala y el pico".
Su Argentina, la nuestra, está atravesada por situaciones sociales que llevan a ciudadanos a vivir contemporáneamente en los siglos XIX, XX y en el siglo XXI. Y allí está el desafío de hoy: abrazar por igual, desde el Gobierno, a la ciencia y la tecnología con las cadenas de valor. Los productos primarios no tienen por qué contradecirse con la nanotecnología. El papa Francisco insiste en que todos nos pongamos la patria al hombro y Juan Pablo II le decía al mundo que la política estaba en las sociedades para cambiar lo que duele en ellas. Los planes sociales son respiradores artificiales; hoy uno de cada tres argentinos lo necesita y a uno de cada dos jóvenes le resulta imprescindible.
Un asesor del presidente Macri, en las últimas horas, ha sostenido: "La política no le interesa a nadie". Si es así, será por eso que hay tanto dolor en las sociedades del mundo?
