"La política del hombre y política de Dios" (Reflexiones de María Herminia Grande)

Resulta realmente interesante realizar el ejercicio de comparar la política que los hombres se dan a sí mismos como instrumento de cambio de sus sociedades y la política que en nombre de Dios, sus representantes, dan para mantener vivo el evangelio. La milenaria institución que tiene a un Papa como máximo representante de Jesús en la tierra, ha pasado de pagar con su propio cuerpo (los apóstoles) por llevar a través de los caminos la prédica de Jesús hasta los Borgia y porqué no, el banco Ambrosiano. Los fieles se desencantan cuando la corrupción se presentífica, aún hablando de fe. La milenaria institución democracia, cuyo brazo posibilitador es la política, también ha pasado por situaciones similares. Los ciudadanos también se desencantan con el agravante del padecimiento carnal por la corrupción política. Los Papas al igual que muchos presidentes a lo largo de los años han sufrido golpes de Estado, pero deteniéndonos en la coyuntura es muy interesante encontrar paralelos, y ya que uno de los dos temas analizados tiene que ver con la fe anticipo el final: deseo que la política del hombre siga en este hoy la política de Dios.
La iglesia contemporánea más allá de un Papa que seguramente será santo, me refiero a Juan Pablo II, viene transitando por senderos claroscuros. Verdadera corrupción de muchos que escudados en la representatividad del Señor, realizan actos denigrantes como la pedofilia y la malversación de fondos, a tal punto de popularizar a Monseñor Scarano como “Monseñor 500”. (Dado el origen geográfico del papa Francisco prefiero seguir este análisis refiriéndome a nuestra Latinoamérica. Seguramente mucho de lo aquí dicho cabe perfectamente para los gobiernos del mundo entero). A propósito en muchos de los gobiernos democráticos de esta Latinoamérica no faltan los “Señores 500”, ni la trata de personas, ni la pedofilia.
Pocos meses atrás contra todos los pronósticos y ante la renuncia de Benedicto XVI, fueron los máximos representantes de la Iglesia que entendiendo la inminencia de peligro de debacle de la institución, eligieron a un cardenal argentino, jesuita, llamado Jorge Bergoglio, quien en el año 2007 en la CELAM de Aparecida dijo con todas las letras: “los pobres sobran”. El hoy papa Francisco en pocos meses muestra un camino distinto, ante lo cual me dijo Leonardo Boff “estamos muy felices porque acabamos de salir de un invierno muy riguroso” dado que la Iglesia había dejado de ser un hogar para los cristianos. Boff sigue diciendo “Francisco es más que un hombre, es un proyecto de Iglesia. Francisco significa humildad, pobreza, despojo de todo poder, sencillez y conexión directa con el pueblo. Es muy bueno que sea jesuita porque ellos tienen discernimiento del espíritu, son más racionales, son más duros. Francisco jesuita es el que intervino el Banco Vaticano… Creo que el papa Francisco será el primero de una dinastía de Papas del sur que van a cambiar el destino de la Iglesia”
Existen en otras partes del mundo, pero en Argentina, Brasil en Chile, se vienen haciendo oír con mucha fuerza, son los indignados. En cada país las motivaciones son distintas, sólo en su rostro, porque en el fondo representan lo mismo: el no a la corrupción. Cuando ganan la calle son miles, no tienen liderazgos y denuncian. Realmente representan un caso curioso cuyo desenlace es una verdadera incógnita: o abrasan un canal político o se diluirán. Hasta el día de hoy esta imperfecta democracia no conoce de otra forma que su esquema de elección y representación. Las desviaciones cada vez más notorias de la política crean escepticismo y apatía en muchísimos ciudadanos. Tanto indignados como apáticos representan lo mismo: algo que no gusta, que decepciona, que irrita, que aleja. La política de nuestros pueblos latinoamericanos está necesitando de servidores que despojados como Bergoglio de su personalismo se identifiquen a través de su ideología (Bergoglio abrazó la de San Francisco) y se conviertan en verdaderos servidores de las sociedades a las que representan. La receta de Francisco es tan clara y exitosa que aquel político que no la emule perderá una gran oportunidad.
Como dice Monseñor Mollaghan a veces seguimos la crónica de la Iglesia a través de hechos llamativos que generan la atención de la opinión pública, pero hay que seguir la vida de la iglesia a través de sus santos. Esta definición cabe ampliamente para la política de los hombres.

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