Albino Gómez: Periodista, escritor y diplomático
MHG: Le pido un recuerdo de Ernesto Sábato y aquella famosa frase del “Nunca más”?
AG: Yo lo conocí a Ernesto Sábato hace muchos años, en 1952, cuando había publicado “Hombres y engranajes”, uno de sus mejores ensayos. Lo presentó en un centro de estudios universitarios, al cual también concurría (Jorge Luis) Borges, y ahí tuve el primer contacto con él y con Matilde, su mujer. Luego, ya a partir de 1958 cuando me incorporé a la cancillería con un equipo, cuando era presidente Arturo Frondizi, Sábato fue parte de ese equipo y asumió la dirección de Relaciones Culturales de la cancillería. Así que mantuvimos mucho trato durante todo ese tiempo. Y durante toda la vida, estando en el exterior por medio de la correspondencia, tuvimos encuentros hasta hace poco años; cuando todavía estaba lúcido, porque lamentablemente se perdió, estaba bien físicamente, pero su cabeza había dejado de funcionar. Lo visité en su casa de Santos Lugares, para pedirle unas palabras, una especie de pequeño prólogo para un libro de la Sociedad Interamericana de Prensa, y lo encontré realmente distinto. Por momentos, bastante lúcido y humorístico como lo era. También fui amigo de sus hijos, de Mario y lo fui de Jorge, un hombre brillante que falleció en un accidente de automóvil, un hombre sumamente inteligente, tocaba maravillosamente el piano, y como sociólogo participó de un equipo de trabajo en el que participé durante la presidencia de (Raúl Ricardo) Alfonsín, fue subsecretario en la cancillería y luego pasó a educación. Todo esto era una suerte de amistad que se extendía a la familia. Tengo muchas cartas de Sábato que las escribía en una Lettera 22, con cita roja. Leí toda su obra, me acuerdo que un día estaba terminado de leer “El escritor y sus fantasmas”, y estaba tan entusiasmado con esa obra, me parecía una obra brillante, lúcida; uno con la música se para y aplaude; acá no podía hacerlo, así que lo llamé por teléfono y le dije que no había terminado aún de leer el libro pero que no podía dejar de llamarle. Esa era mi relación con Ernesto Sábato. Esto es muy doloroso. Además, estaban preparando el festejo de sus cien años, aunque no lo pudiera disfrutar tal como estaba.
MHG: Cómo fue su relación con Juan Pablo II?
AG: Es el único Papa al que vi. Conversé con él en cuatro oportunidades, aunque fueron muy breves la charlas. La vez que lo designaron yo estaba en Washington como corresponsal de Clarín, era 1979 y él había asumido en el 78, era su primera visita a Estados Unidos de los tantos viajes que hizo a Washington. Eso despertó mucho interés y el diario me pidió que siguiera paso a paso esa visita, así que me use en contacto con algunos sectores para saber quién era este personaje. Me puse en contacto con el rector de la Universidad Católica, en fin, busqué por todos lados información y tenía muy poco. Así fue que me interesé por él. Luego estando ya en el servicio exterior, 1984, con la cuestión de los problemas con Chile por el Beagle, yo era el vocero de la cancillería, con tales funciones acompañaba al ministro (Dante) Caputo y a una pequeña delegación, concurrimos cuatro veces a la Santa Sede para encontrarnos con la delegación chilena y en cada una de ellas lo veíamos a Juan Pablo II y conversábamos separadamente con cada uno, hacía preguntas, lo veíamos antes de charlar con él en su capilla privada, en un estado de concentración que era conmovedor, llamaba la atención el grado de concentración en que lo veíamos durante 10 o 15 minutos. Con nosotros hablaba en español. Cuando trabajaba en Clarín había recibido un libro de poemas en inglés de él, una traducción del polaco, eran poemas de su juventud. Entonces lo que hice fue traducir esos poemas del inglés al español y se publicaron esos poemas aquí, y me atreví a entregárselos y en la próxima visita me dijo que los había leído y los había reconocido. Lo cual hablaba muy bien de la traducción.
MHG: Y qué reflejaban esos poemas?
AG: Son breves, si quiere le puedo leer…
MHG: Pero como no…
AG: Uno se llama “Los niños”, mire que tema y dice “Crecen, casi sin advertirlo a través del amor, pero de pronto ya grandes bajo el control de la multitudes, que van y viene sin sentido, quedan desdibujados entre el día y la noche, con sus corazones atrapados como pájaros, el pulso de la humanidad comienza en ellos a latir, en la orilla del río un árbol levanta su brazos, a la luz de la luna, mientras la tierra apenas se atreve a respirar, ese es el momento en el que los corazones de los niños salen del agua; cómo serán mañana cuando echen a andar?”
MHG: En qué etapa de su vida los escribió?
AG: era muy joven, no era todavía arzobispo, estaba en le seminario, no lo había terminado. Hay otro que es interesante y se llama “Muchacha desilusionada del amor”, él hizo teatro, era un muchacho muy activo. Y dice lo que sigue: “Con el mercurio medimos la tristeza como medimos el calor de los cuerpos y del aire, pero no esa la forma de poder saber de nuestros límites, porque, tal vez, tú crees que eres el centro de todas las cosas, pero si sólo pudieras vislumbras que no es así, sabrías que le único centro de todo es Él, y que Él, tampoco encuentra el amor, cómo es que no lo sabes todavía, temperatura cósmica, tristeza, mercurio, para qué sirve entonces el corazón humano.”
MHG: Poemas hermosos y tan humanos.
AG: Otro se titula “El negro”. “Mi querido hermano eres como una inmensa tierra, donde de pronto los ríos se secan y el sol quema el cuerpo como una fundición de metal, siendo sus pensamientos como míos, aunque tomen otros caminos, porque usaremos la misma balanza para pesar el error y la verdad. Es como una fiesta, pensamientos que resplandecen diferentes en tus ojos y en los míos y que substancia sea lo mismo para los dos.”
MHG: Si no interpreto erróneamente sus poemas reflejan lo que fue el centro de su papado: la injusticia; los niños, que son el futuro y el amor.
AG: Exactamente. Por eso elegí esos tres poemas porque me parecían claves de su pensamiento.
MHG: Qué nos puede contar de Juan Pablo II, cómo lo podría medir, si bien fue un hombre de fe, hizo mucho desde la política?
AG: Evidentemente fue un Papa muy politizado, en el sentido más alto y amplio de la política. Él tenía una concepción del mundo, tenía una filosofía con la que veía la vida con amor, pero también como una tragedia, el sentido trágico de la vida. Y había sufrido en carne propia dos dictaduras como la nazi y como el comunismo en su propia patria. Eso lo marcó mucho y entre el tema de lo social y de la justicia, se interesaba mucho por la cuestión política, no porque estuviera directamente ligada la teología cristiana, sino porque católico había que vivir en sociedad y consideraba que ciertas formas de sociedad eran las adecuadas para desarrollar todas las fuerzas y todas las creencias. Por eso luchó contra todas sus fuerzas contra el comunismo, pero el sistema se transformó, no para el buen gusto moderado de los Estados Unidos, a pesar de la buena relación que entabló con los políticos norteamericanos, contra el capitalismo, ese capitalismo consumista y contra una tecnología depredadora, criticó con mucha fuerza al capitalismo y a tipos del capitalismo que consideraba tan pernicioso, tan negativo para el desarrollo del hombre y la sociedad como el comunismo. Se insertó mucho y trabajó mucho con toda esta historia que termina con el fin del comunismo dentro de la Unión Soviética. No hay ninguna duda que se involucró enormemente. Esa es otra fase de su personalidad, muy dedicada a lo teológico y al misticismo mismo. Así que era un hombre muy completo.
MHG: Qué trascendencia tendrá la beatificación de Juan Pablo II?
AG: Es muy difícil de medirla en este momento, me llamó la atención la pronta beatificación. Yo no puedo hablar de merecimientos, uno puede juzgar esa política vaticana. Beatificarlo es porque había un pedido del pueblo romano católico y no católico, cuando murió gritaban: “Santo, ya”. Hoy se cumple también una aspiración de la Asamblea de la Iglesia, del pueblo, que compone la Iglesia. De modo tal que no es algo para juzgar y en cuanto a los resultados, tampoco podemos hablar porque es futuro.
MHG: Con qué imagen o foto se queda usted de Juan Pablo II?
AG: Con una foto saludándolo y en cada oportunidad su enorme cordialidad humana, miraba con unos ojos humanos, uno se sentía atendido y escuchado por un ser humano, absolutamente. Dado el poder que se tiene dentro del Vaticano, él tenía una enorme sencillez y cordialidad. Era como estar frente a un gran estadista, el tenía un pensamiento planetario. Así que me quedó ese tipo de imagen. Conservo una imagen de plata que me regaló con su imagen, la conservo con mucho afecto.
