El Congreso de la Nación sería el lugar ideal para que el Presidente explicara puntillosamente desde los Panamá Papers hasta Avianca, pasando por el affaire del Correo Argentino
En el país por hacer la agenda habla de necesidades, todas importantes, pero no se explica cómo lograrlo. Argentina está atravesada por el síndrome aún no resuelto del huevo o la gallina. Reforma tributaria vociferan unos, reforma educativa sostienen otros. Diría que la gran base sobre la que se asientan todos los problemas se llama corrupción.
En los últimos largos años los hombres y las mujeres que llegaron a distintos estamentos de gobierno lo hicieron a título personal y con estructuras políticas alquiladas. De una u otra manera en los últimos años se ha votado por quienes han hecho del marketing político su razón de ser. Nadie ha llegado, insisto, a los estamentos gubernamentales, con plataformas y principios discutidos, analizados, con estudios de factibilidad, presentados previamente a ser elegidos y con obligatorio cumplimiento luego del acto comicial. Es más, las coaliciones políticas siglo XXI son uniones transitorias de intereses de poder, son parejas con derecho a roce.
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Un ejemplo claro de esto es lo ocurrido el fin de semana en Villa Giardino, donde el radicalismo, después de presentarse como socio del PRO en los actos comiciales, se reunió para peticionar, después de un año y medio de Gobierno de Cambiemos, ser escuchado y participar de las decisiones de poder.
"Las sociedades del mundo están raras y la política no las están interpretando", me decía por estos días Mariana Aylwin, ex ministra de Educación de Ricardo Lagos, quien está convencida de dos cosas: que Michelle Bachelet está caminando al populismo y que a Ricardo Lagos, aun con todos los oropeles políticos y de estadista que posee, Chile no le dará la posibilidad de volver a gobernarla. Lo cierto es que, y de ahí mi referencia a lo dicho por Mariana Aylwin, las coaliciones, los frentes o las alianzas de esta modernidad sólo son circunstanciales. Son un touch and go político de mutua conveniencia. Aún la histórica Concertación chilena, integrada por partidos de larga trayectoria en la historia de las ideas, ha quedado sin contenido de principios.
Desde el exterior se visualiza al Gobierno de Mauricio Macri como un gladiador en la batalla contra el populismo. Internamente pareciese que el inicial traje de Quijote fue virando al de un caballo de Troya. Todas las semanas aparecen desde adentro del Gobierno sorpresas para los buenos usos y las costumbres políticas. Mañana el Presidente anunciará ante el Congreso de la Nación un paquete de medidas para resarcirse de las sospechas de corrupción o las prácticas que evidencian conflicto de intereses. Dicen que en la política como en la vida sólo se puede hacer lo que se puede explicar. El Congreso de la Nación sería el lugar ideal para que el Presidente explicara puntillosamente desde los Panamá Papers hasta Avianca, pasando por el affaire del Correo Argentino.
La política provincial sigue siendo esclava de lo nacional. El interior sufre esta semana medidas de fuerza de toda índole dado que el Gobierno central ha decidido someterse y por lo tanto someter al federalismo argentino a la zigzagueante política bonaerense donde pareciera que los barones del Conurbano le han dejado su sitio a María Eugenia Vidal. Pasando en limpio, cuando la paritaria federal funcionaba, marcaba un índice que los respectivos gobiernos provinciales tomaban obedientemente y sobre él pivoteaban los arreglos con sus trabajadores. Al desaparecer ese indicador, ningún gobernador quiere asomar la cabeza, mucho menos un intendente, con un acuerdo salarial. Prefieren hacerse los distraídos y dejar el ejercicio pleno del federalismo para otro momento, ya que impera una cláusula no escrita pero de aplicación permanente: "billetera mata galán". Así las cosas en esta Argentina donde sólo aparecen intereses de poder que aglutinan o separan.
Dos ejemplos de esto último. En Santa Fe, un senador provincial, Armando Traferri, barón del pejotismo local, viene insistiendo en que deben unirse electoralmente los socialistas con los peronistas, más los renovadores, más los radicales socialistas, más los GEN, etcétera. Olvida un detalle: alguien tiene que ejercer la oposición. El segundo ejemplo tiene que ver con la CGT nacional. El triunvirato que la conduce en su preparatoria hacia la movilización del 7 de marzo se reunió con todos los partidos políticos para solicitar su adhesión. Esta movida política que expresará el desacuerdo con las políticas del Gobierno del presidente Macri consiguió la adhesión explícita del socialismo, del radicalismo no macrista, del Frente Renovador, del Partido Justicialista, pero cuando la ex presidente Cristina Kirchner les pidió a sus seguidores que apoyaran esta medida y concurrieran a la movilización, el diputado renovador Héctor Daer y cosecretario de la CGT solicitó "no politizar esta marcha". La coherencia estaría en decir: "No queremos que el cristinismo nos acompañe". Eso marcaría un proceso distinto en una Argentina que no muestra ni cambios ni avenidas ensanchadas.
A propósito de la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, sobre las tres promesas de campaña del presidente Macri podríamos decir que la pobreza empeoró, muy lejos del cero. La lucha contra el narcotráfico está encaminada pero no es suficiente dada la magnitud del monstruo a combatir. La unión nacional es una asignatura pendiente. Y lo más importante que daba valor agregado a Cambiemos, su columna vertebral era el cambio hacia la transparencia y la honestidad; dados los hechos de público conocimiento, ese rasgo distintivo se perdió en el primer año de Gobierno.
