A horas de finalizados los actos del bicentenario la epidermis de la república sigue respirando aires de festejo. Aún las voces más duras y críticas destilan mensajes de confraternidad. Sucede que la patria habló. Contundentemente. Ni las crispaciones, ni los aires rupturistas o narcisistas pudieron con el profundo sentimiento popular. De pronto se apagaron los desencuentros –no por mérito de sus protagonistas-, sino por millones de personas que acordaron sin acordar que la paz tiene un nombre: Argentina. Que la alegría tiene un continente: Argentina. Que la solidaridad tiene sus colores: celeste y blanco. Y nuestro himno se cantó con ganas. Y Aurora recuperó su lugar. Y hasta nuestra Presidenta bailó distendida.
Hoy empieza a escribirse el prólogo de lo por venir. Un porvenir que depende de la correcta interpretación del mensaje de este bicentenario. Millones de personas se adueñaron de la calle. Con sus caras descubiertas, con sus hijos al hombro. Con banderas celestes y blancas. Y aplaudieron a rabiar y por igual, a León Gieco y su proyecto Alas; como a la reapertura del Colón. Y no hubo bailes del caño, ni imitadores grotescos, ni retadores oficiales, ni opositores conspicuos…
Argentina ha demostrado que está dispuesta a trabajar con quien la conduzca para saldar las asignaturas pendientes bajo las condiciones explicitadas. Paz. Tranquilidad. Solidaridad. Sentido de nación. Tal vez, -se verá con el tiempo-, si esa marea humana que transitó las calles de todas las ciudades de nuestro país, tiene también una asignatura pendiente en este porvenir: reencontrarse con la política. Y aquí no importa si la dirigencia política de los últimos tiempos no estuvo a la altura de la política. Si todos entendimos el mensaje, Argentina debe empezar a ser un país con críticas, autocríticas y políticas de Estado. La insistencia en las políticas de Estado se debe a la necesidad de que los logros adquiridos no se pierdan en el capricho de cualquier gobernante. Dado que su continuidad o no, hace generalmente a la vida de alguien.
Otro tema profundo que Argentina debe plantearse, y esto también tiene que ver con políticas de Estado, es que, sus políticas deben penetrar contundentemente en la población. Hoy, muchas de ellas son máscaras esbozadas en títulos rimbombantes. Por ejemplo, en Rosario se necesitaron cinco años para que las Madres del Paco sean escuchadas. Y hoy, a pesar de las leyes y de las instituciones que a nivel ciudad, provincia o nación se han creado para ese fin específico, a la hora de la concreción no hay respuestas. Hay algo más importante que rescatar a un joven de las garras de la adicción?
El requisito básico para que una política sea de Estado, es el consenso que la misma concita. Trabajar el consenso es parte de estas asignaturas pendientes. Su factibilidad fue expresada en el bicentenario. Hubo consenso en el festejo de la Patria.
En algunos casos no se trata de políticas innovadoras, se trata de aggiornar las que ya tuvimos. El sistema nacional de salud argentino implementado en el tercer gobierno de Perón, acordado por éste con el Dr. Balbín y trabajado por el entonces ministro Liotta mancomunadamente con el Dr. Aldo Neri y otros especialistas; dio como resultado una salud digna para todos. Este sistema, abolido por la dictadura militar y no restaurado por los sucesivos gobiernos democráticos, funciona en Francia y Canadá. Fue analizado por Hillary Clinton para aplicarlo en Estados Unidos. Hay algo más importante que el cuidado de la salud de la gente?
En el terreno educativo -no es la primera vez que se menciona en esta columna-, se necesita una escuela con doble turno, que contenga especialmente a los sectores excluidos y desposeídos, que habilite a los niños y adolescentes para el desafío de la era del conocimiento. Las escuelas hogares, al igual que las escuelas técnicas fueron las bases de una escuela pública digna. Hay algo más importante que preparar ciudadanos para el futuro?
Las respuestas a todas estas preguntas están en la concepción política que los distintos partidos tengan a la hora del diseño, crecimiento y desarrollo de un país. Cuando se insiste en la necesidad del fortalecimiento de los partidos políticos, es porque sin ellos no hay ni siquiera la posibilidad de discutir disensos que terminen acordando políticas de Estado.
Tal vez y prematuramente, la primer conclusión que podamos obtener del festejo del bicentenario, es que Argentina tiene todos los ingredientes para hacer una República, la nuestra, digna de ser vivida. Tiene las ganas de su gente, el potencial económico, recetas probadas y otras a implementar. Hemos recuperado el apego por la Constitución y la ley. Sólo hace falta dejar atrás los desencuentros.
