La realidad es, aunque algunos no la quieren ver (Reflexiones de María Herminia en el diario El Ciudadano)

Modificar la realidad, transformarla, depende (si de política hablamos) de las políticas que se apliquen.

Alguna vez, embriagados en nuestra más prepotente adolescencia, creímos no sólo que podíamos acomodar la realidad a nuestra medida, sino que podíamos llegar a prohibir la realidad cuando la misma nos estorbaba y contrariaba con su presencia. Realidad que definitivamente conspiraba contra nuestros sueños. Muchísimos de aquellos adolescentes salimos de este error cuando comenzamos a militar políticamente. En aquellos años, los partidos políticos eran lugar de formación y de debate. Allí aprendimos que debíamos partir de la siguiente premisa: “La realidad es”. Modificarla, transformarla, depende (si de política hablamos) de las políticas que se apliquen. También aprehendimos que las ideologías nos permiten tener distintas miradas, creencias, posicionamientos sobre cómo pararnos ante esa realidad sujeto de cambio. La política, por lo tanto, debe ser una visión superadora de la adolescencia. Las ideologías y los distintos partidos que las expresan son, o deberían ser, facilitadoras para encontrar en alguna de ellas nuestra identidad. El problema que hoy tenemos es que los partidos ya no permiten esta disquisición dado que prácticamente están cerrados, o permiten ver sólo su papel más frívolo y oportunista: el marketing.

Como alguna vez me dijo el doctor Pedro Barcia: “La realidad es paciente pero inclemente…y termina derrotando cualquier relato”.

A esta altura, debo aclarar que no se trata de ver la realidad desde la ideología, sino desde la ideología cambiar la realidad que duele, molesta, incomoda. Ejemplo: algunos creen que se deben priorizar las necesidades de los ricos porque son los que teóricamente pagan más impuestos, otros creen que la prioridad está en los pobres porque son los más necesitados.

Nuestros gobiernos están obcecados en acomodar la realidad al discurso, a lo que ellos quieren que sea y que la gente crea y vea en lugar de anoticiarse de que hay inflación, que el dólar se dispara, que hay devaluación, desocupación; otros no quieren anoticiarse de que hay asesinatos por el narcotráfico y no “ajustes de cuenta”, que hay miedo porque no hay seguridad, que hay cortes de luz más allá de las altas tarifas que se cobran.

La política en Argentina está pasando por malos momentos. El mayor problema que esto acarrea es el descreimiento que luego genera. Cuando esto ocurre aparecen con fuerza políticos cuya ideología es la antipolítica; posición tan peligrosa como la de quienes hacen mala praxis en el ejercicio de la misma.

Por si le faltaba algo a nuestra Patria doliente, el gobernador de Neuquén, Jorge Sapag, tuvo la brillante idea de construir un muro frente a la Legislatura provincial, aislando así a los legisladores de sus mandantes. Todo legislador bien nacido debería ir pico en mano a derribarlo. La democracia no admite muros, y cuando estos se instalan, sean físicos o actuados (el autismo también es un muro), peligra. Peligra en su credibilidad y su eficiencia. El sistema democrático funciona si y sólo si, sus instituciones permiten el libre juego de los consensos y disensos. Sapag se atrevió a poner ladrillos y cemento a su muro, que es su miedo, y visibilizó tantos otros muros que lamentablemente hoy existen en Argentina: la segregación racista e intolerante para con las comunidades indígenas qom, la enorme desigualdad de posibilidades por la enorme diferencia social, el tutelaje de la corrupción. ¡Muros que imposibilitan la vida digna de mucha gente y lo reconozcamos o no, matan!

La presidenta anunció el plan Progresar. Es absolutamente necesario, como lo fue la Asignación Universal por Hijo, claro que el no reconocimiento de la realidad económica destruye cualquier proyecto bien intencionado.

Hoy los gobiernos en Argentina parecen estar atravesados por el síndrome Procusto. Este hombre de la mitología griega poseía una vara de hierro con la que medía a las personas. El que tenía la medida de su vara continuaba su camino. Si su estatura excedía su vara le cortaba algún pedazo. Y si no alcanzaba a su vara, lo estiraba.

Teniendo en cuenta que la realidad es el lugar de donde siempre hay que partir, la misma no puede ser estirada, ni cercenada. Es.

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