Las pieles de la cebolla como metáfora de la Argentina //Por María Herminia Grande – Diario El Ciudadano

Si debiese definir a nuestro país, diría que emula a una cebolla.

Si debiese definir a nuestra Argentina diría que emula a una cebolla. Tantas pieles la integran, tantas vidas la forman, tantas historias la crean, la hacen, la cuidan, la proyectan. Lo triste es a veces que el propio corazón de la Patria queda envuelto, constreñido en historias ignoradas por todos. Cada vez que converso con nuestros combatientes de Malvinas siento eso. Al igual que la cebolla son vidas sabrosas pero al solo roce producen lágrimas.

Entre tantas deudas internas, lo de Malvinas es mucho más que el sueño de una recuperación diplomática. Representa la deuda de toda una sociedad con quienes estuvieron allí, dieron su vida o la expusieron, pero su reconocimiento no guarda paralelo con las prioridades de la sociedad. La generación Malvinas, como así les gusta que los llamen, está realizando un trabajo enorme para la recuperación de la identidad nacional. Quienes debieron blandir un fusil o dirimir la vida cuerpo a cuerpo con el enemigo en ese momento, hoy son los apóstoles de la paz. Quienes sólo cuentan un pequeño porcentaje de los horrores que toda guerra genera, son dadores voluntarios de solidaridad, de amor, de entrega. Debieron ellos, tras la ignorancia de una sociedad que ya en democracia, les siguió dando la espalda porque fueron perdedores, reorganizarse institucionalmente para contenerse a sí mismos e ir por conquistas que el Estado debió darles sin que lo pidiesen. La democracia no fue generosa con los combatientes de Malvinas ni con los familiares de los que quedaron allá. Pasaron muchos años hasta que apareció el Estado con los primeros y básicos reconocimientos. Con claridad meridiana Rubén Rada, veterano de la Guerra de Malvinas, dice: “Yo quería ganar la guerra, pero si la ganaba perdíamos todos. Yo perdí la guerra pero ganamos todos”. De ganar la guerra, la loca aventura del borracho presidente de facto Galtieri, hubiese continuado vaya a saber en cuántas locuras más, todas desgraciadas para nuestro país y nuestro pueblo.

Van pasando los años y escucho nuevos testimonios de los protagonistas que siguen en tiempo presente narrando aquel ayer. Al oírlos, más me convenzo que el general beodo nunca imaginó que los ingleses vendrían con sus tropas a dar batalla. Todos los días nos enteramos de testimonios que reafirman esta tesis. Miguel Ángel Gelman, teniente de corbeta y radarista, me contó cómo Argentina debió alquilar en forma urgente, con la guerra declarada, aviones Bandeirantes a Brasil. Los pintaron y los reacondicionaron para ir a Malvinas dado que los nuestros estaban agotados. Como ejemplo de la heroicidad, Gelman cuenta sin ningún acento extra, que todavía hoy se pregunta cómo no lo detectaron siete buques ingleses cuando en un avistaje se acercó a vuelo rasante a 18 millas.

Claudino Chamorro, del Batallón de Infantería 5, revive la voz de su compañero Ricardo Argentino Ramírez herido de muerte, con quien compartió 74 días en un foso, cuando le suplicaba, tomándolo de la mano, que no lo dejara, que no se fuese de allí… “Nadie, por más instrucción que tenga, está preparado para la guerra, pero si la guerra no es buena, la posguerra que nosotros vivimos fue peor… suicidio, olvido, olvido, olvido…”.

Daniel Ochandategui, del Batallón de Infantería 2, ante el relato de su amigo asiente con la cabeza y tensa la mandíbula con la rigidez de las imágenes que sólo él conserva… la mirada se pierde por segundos y con la valentía de un Hombre, llora.

En las cáscaras de nuestra Argentina aparecen infinitas miradas tan acreedoras como las de los héroes de Malvinas. Son otras sus luchas, son otras sus guerras… tal vez se emparentan sus vivencias. Miradas que nos interpelan cuando cerramos la puerta rápido ante el miedo que sentimos, miedo humano incomprensible ante otro humano. Miradas que parecen muertas cansadas de tantos “No”. Miradas destempladas de los pibes de la calle que la calle convirtió en hombres sin consultarles si querían. Miradas anestesiadas con paco para no sentir tanta indiferencia. Miradas de abuelos destratados, saqueados, olvidados… Las miradas de los que otra vez se quedan sin trabajo. Miradas todas que se vuelven opacas porque la corrupción les robó todo presente y todo futuro.

La coyuntura acapara la atención de quienes no quieren mirar y encontrarse con las miradas de la ignorada deuda interna argentina.

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