Después del 27 de octubre - Diario La Capital
En la creencia que los datos aportados por los encuestadores argentinos provienen de la aplicación de métodos científicos, la pregunta es ¿qué ocurrió políticamente el 27 de octubre? Esta pregunta surge dado que los mismos encuestadores que hoy proyectan la figura de la presidente Kirchner- si esta decidiese ser candidata en el 2011- ganadora en primera vuelta; son los mismos que hasta el 26 de octubre, encuestas en mano, decían que el kirchnerismo (Néstor o Cristina, con una pequeña diferencia favorable a ella) no sólo no ganaban en primera vuelta sino que bajo ninguna circunstancia lo hacían en el balotaje.
Si el trabajo estadístico de las encuestas responde al rigor científico de dicha disciplina, la explicación debe buscarse en la opinión pública. Todos sabemos que la opinión pública varía a veces de una manera difícil de comprender hasta por estudios sociológicos. Percibe y reacciona, reacomoda sus percepciones y sensaciones sin solución de continuidad. Hay estímulos y respuestas. El producido son asentimientos o disensos con determinados temas y circunstancias cuya característica es fundamentalmente la emotividad y no la racionalidad.
Esta fluctuación favorable a la Presidente se entiende en un primer momento dado el ejercicio de proyección que se realiza ante la muerte. Todos, por un momento, pudimos identificarnos con la mujer que perdió a su marido, con la madre que perdió el hijo, con los hijos que perdieron a su padre, con los amigos que perdieron el amigo, con los partidarios que perdieron a su referente político. Lo llamativo es que ese papel de “ponerse en el lugar del otro” trascienda el tiempo y salde y vuelque en positivo los elementos que hasta ayer actuaban como imposibilitadores para la continuidad política del oficialismo.
Podríamos diferenciar distintos estados de disidencia para con el gobierno kirchnerista. Un sector absolutamente radicalizado cuya barrera de aceptación para con el gobierno es infranqueable, a tal punto que es imposible para los integrantes de este sector reconocer acierto alguno en los siete años de gobierno. Otro sector es el que reconoce logros en determinados aspectos del gobierno, pero la aceptación se vuelve endeble cuando aparece la corrupción. Y el tercer sector absolutamente radicalizado como el primero, pero en este caso a favor del accionar del gobierno. Tal vez donde la pregunta inicial debiera hacerse con más fuerza, es en el segundo grupo. ¿Qué le haría pensar a un ciudadano argentino no movilizado por pasiones enceguecedoras, que lo que hasta ayer fue un proyecto con déficits y aciertos pero circunvalado por la corrupción, luego de la muerte del ex presidente sólo queden los errores y aciertos y desaparezca la corrupción? ¿Alguien puede creer seriamente que con el presidente Kirchner se enterraron las sospechas y las certezas de corrupción? Pensarlo así sería creer que Cristina Fernández no ha sido ni es de Kirchner. A propósito, la denuncia de la diputada Carrió sobre la “Banelco de Cristina”, clausuró precipitadamente el duelo.
Si la muerte de Néstor Kirchner desarticula a las oposiciones, quiere decir y con razón, como dice el kirchnerismo, que no tienen proyectos alternativos, sino ambiciones personales. Tal vez la indeseada y desafortunada muerte del ex Presidente, desnuda al rey. El rey son los políticos argentinos –salvo honrosas excepciones-, que no maduran. Reutemann es tal vez el ejemplo más claro de quien teniendo el acompañamiento popular no tiene vocación política, no entiende a la política como servicio. Le preocupa más pagar colaboraciones que construir equipos. Le preocupa más cuidar sus votos que entregarse a un proyecto. Reutemann dio todo lo que él entendió podía dar. Y sintió que el PJ le debía más a él, que él al PJ. Pero la culpa, si la hay, no es de Reutemann, es de una sociedad que prefiere soñar con un ídolo, por más que no hable; que entender y construir junto con un hombre que invite a transformar la realidad. La conducta de Reutemann, su portazo al peronismo federal, no es entendida desde la política porque él nunca se sintió parte de ella. Desde la militancia no se lo analiza, se elucubran sueños salvadores y mágicos que enlazan jugadas grandilocuentes que lo sentarían en el sillón de Rivadavia. Con Reutemann termina una forma vieja de hacer política, cual es la de la prepotencia de los votos. Un líder que se precie de tal, no guarda votos en su caja fuerte, se hace fuerte contagiando ideas y proyectos.
Reutemann no es el único exponente de la vieja política, lo es también Pino Solanas, Lilita Carrió… sea o no la intención de éstos, se muestran como marketineros de la política, en lugar de hacedores de ella.






13/11/2010